sábado, 16 de febrero de 2013

¡Gol!

¡Goooool.... de no-puede-importarme-menos-quién!, tronó la radio. El parloteo me acompaña ahora que el espejo donde un día me miraste recoge sus pedazos de un rincón.

Es hora de guardar las fotos en un cajón, donde no duelan. Llenar los minutos, las horas, inventando sueños, evadiendo sentimientos, tratando de recomponer lo que has roto: mi viejo y triste corazón.

¡Ah! ¡Ahora comprendo! Mis lo-siento llegaron tarde, y el tuyo nunca llegó.

There was no greater love. 

domingo, 4 de noviembre de 2012

¿Hasta cuándo, Doctor Jekyll?


En un cuarto de siglo no he aprendido a averiguar lo que realmente quiero. Me muevo por impulsos, a menudo fugaces. En cuestión de segundos cambio de opinión y olvido.

Todo es caos a mi alrededor. El desorden y la anarquía me rodean donde quiera que vaya. Y el motor de mis andanzas ha sido siempre huir hacia delante. Abandonar el campo de juego cuando el árbitro me lo pone difícil y pedir cartas en otra timba, en otra liga o acaso empezar un solitario. Pero a veces comprendo que la solución no era romper la baraja.

¿Qué pasa si ahora encontré lo que realmente quería? Aunque mi cabeza a ratos me grite que no es posible, que la madeja tiene demasiados nudos y que tome, una vez más, las de Villadiego. Y como el tiempo, que está loco, en un fugaz instante recuerdo aquel día que querías echarle  salsa barbacoa a una de mis tortillas de patata. Una vez más, convencerme de que lo nuestro no es posible no ha valido para nada.

Hacer “all in” a una sola jugada, sin trampas ni trucos. Sin guardarme ningún as escondido entre los pliegues de mi falda. Quiero saber si esto es posible o solo una ilusión. Si somos dos locos jugando una partida que ya está perdida o si el juego solo acaba de empezar. Pero, ¿cómo? Si no lo intentamos…


Nada más inspirador que un corazón roto y una tarde de lluvia. ¿Hasta cuándo, Doctor Jekyll?

lunes, 3 de septiembre de 2012

De sueños y orgasmos

-¿Te he dicho alguna vez que me toco pensando en ti?

-Sí, Nadine, eso ya ha salido en la conversación.

-Oh, ¿quieres que te haga eso ahora?

Imagen de  http://solohacefaltaobservar.wordpress.com/
-Sinceramente, preferiría que no, Nadine.

-Uf, me encanta ese trabuco que guardas en los pantalones… Solo puedo pensar en que me azotes con él suavemente la cara.

-Nadine, concéntrese. Esto se nos está yendo de las manos.

-Oh, dios mío, Frank, métemela.

-¡Señora! ¿Ve usted el callejón?

-¡Oh, sí! ¡Lo veo! ¿Quieres hacerlo allí Frank?

-De acuerdo, ahora dígame qué ve al otro lado del callejón.

-¡Veo tu polla, Frank, tu polla!

-¡Eh Frank!- Bramó entre risas el interfono.

El negro de dos metros se echó hacia atrás con la silla precipitadamente. Se levantó y recorrió toda la sala de interrogatorios hasta el cristal. Presionó el botón del aparato y bramó - ¡Qué!

-Dile que la saque, ¿quieres?

Frank hizo un gesto al hipnotizador que observaba desde un rincón de la sala con las manos entrelazadas y éste se acercó a Nadine. La tomó de la frente y empezó a susurrarle al oído mientras ella permanecía allí sentada, agitándose de éxtasis.

Con una mirada hacia el espejo Frank apagó las risas que se oían al otro lado.

-Tres, dos, uno… ¡despierta!- con un chasquido de los dedos de aquel negro la rubia de bote abrió los ojos sobresaltada.

Nadine amaneció de entre las sombras agitada, con la respiración muy fuerte. El pecho se le movía hacia arriba y hacia abajo.
Poco a poco se fue tranquilizando y al hallarse en aquella  habitación de paredes vacías se asustó un poco. Palpó sus ropas y las notó un poco deshechas, de forma que bajó la cabeza y se sonrojó.

-¿Ha vuelto a pasar?- musitó Nadine.

-Sí, me temo que sí.

Nadine bajó su mano hasta su coño. Tras palpar un buen rato, ante la atónita mirada de todos los policías (delante y detrás del espejo) se chupó el dedo corazón.

-Al menos esta vez he llegado al orgasmo.


Dame cinco minutos más baby. O toda una vida.

jueves, 28 de junio de 2012

Carolina y el teléfono

Carolina estaba sentada justo al lado del teléfono. Las manos sobre las rodillas, las piernas bien apretadas y la mirada fija en el dibujo del papel pintado que adornaba la pared de enfrente. Apenas movía un músculo. A cada rato, su madre pasaba junto a ella cargada con ropa para planchar, el trapo del polvo o la escoba y el recogedor. "Carolina, te va a dar algo ahí tan quieta", le decía.

"Si me ha dicho que me va a llamar, es que me va a llamar", resonaba dentro de la cabeza de Carolina. Apretaba los dientes y echaba el culo para atrás de la silla de enea sobre la que descansaban sus turgentes posaderas. Casi rozaba el suelo con los pies moviendo, alternativamente, una pierna hacia delante y otra hacia detrás.

Los nervios del estómago no la dejaban parar quieta. Suspiraba, se inclinaba, se revolvía y secaba con sus manos el sudor que acumulaba entre los muslos, tanteando disimuladamente las braguitas blancas de tela perforada que llevaba aquel día.

Al primer rugido del aparato la pequeña montaba en cólera. Descolgaba frenética mientras su interior rezumaba. "¿Se encuentra la señora de la casa?", sonaba al otro lado. Carolina respondía desganada, colgaba el teléfono lo más pronto posible para dejar libre la línea y volvía a derretirse sobre la silla de enea.

Carolina apretaba, cada vez más, un muslo con otro. Rozaba su trasero contra el asiento. No quería levantarse, por si llamaba, pero tenía que ir a hacer pipí. Cuando tiraba de la cadena oyó a lo lejos el desagradable pitido. Lo había descolgado su madre. "¡Carolina, es Victoria... otra vez!"

Una sonrisa de oreja a oreja y un suspiro se le escaparon con dos lágrimas en los ojos. En un arrebato de excitación corrió de vuelta al pasillo. Ansiosa, se acercó el micrófono a la boca y, enredando el cable del teléfono con su dedo índice, se sentó en la silla de enea a hablar mientras se tanteaba las braguitas blancas de tela perforada.



Y yo rezumo junto al teléfono esperando tu llamada. Aunque mis bragas no sean blancas, ni mi silla de enea, y los pies ya me lleguen al suelo...

domingo, 3 de junio de 2012

Dormir follando o follar durmiendo

¿Alguna vez os habéis quedado dormidos haciendo el amor? Sed sinceros, eso nos ha pasado alguna vez a todos. O, mejor dicho, a todas. Imaginad cómo sería vuestra vida sexual si padecierais narcolepsia.

Cuando una se queda dormida por las esquinas, mantener relaciones sexuales no es nada fácil. Para nuestra protagonista de hoy no lo era. De pronto se despertaba con la boca de llena de semen, sola en cama ajena o rodeada de personas que no conocía. Su mejor experiencia, sin duda alguna, fue salir de un sueño erótico en medio de su propio orgasmo. Pero eso sucedió después de conocer a su actual pareja.

El chico, o más bien señor, me contaba que congeniaron desde el primer momento. No parecía tener ningún tipo de problema con que ella de vez en cuando se echara una siestecita. Un toque de necrofilia y un extraño gusto por las mujeres pálidas hacían de su atracción un magnetismo irresistible. "Un día le metí la polla en la boca mientras dormía, y estuve minutos en esa posición hasta que ella se despertó y sin esperar un segundo comenzó a felarme", asegura el chico, o más bien señor, con los ojos casi salidos de sus órbitas.

Ella, encantadora durante toda la entrevista, aprovechó un momento en que él se ausentaba para acercarse a mí y decirme, en voz callada: "qué quieres que te diga, después de cinco años juntos todavía no me lo creo. La gente tiene cada gusto más raro..."

Un poco turbada después de mi encuentro con la extraña pareja, volvía a casa cuando me asaltó un pensamiento, una de esas verdades aplastantes que tanto busco. Hubiera sido mucho peor si ella fuese un hombre. 



Y en el pensamiento siempre, aunque tú no gustes cadáveres ni yo duerma a destiempos, nuestra extraña pareja. Todos tenemos una media naranja.

martes, 15 de mayo de 2012

Morir de amor, morir de sexo

Para ella el sexo era amor. Quería desarmar a sus parejas y dejarlas desposeídas de todo arreglo. Y cuando, vulnerables, mostrasen su yo más profundo, ella las devoraría para tenerlas siempre consigo. En el momento en que el rostro verdadero se alzase en verdadero éxtasis, ella lo consumiría. Y en eso, amigos, hay mucho de amor.

Cada noche recorrería una calle, una plaza nueva en una búsqueda de infinita de plenitud que jamás le llegaba. El post-coito para ella era siempre una decepción. Se sentía vacía, usada, infame. Cada noche consumía una llama que, aunque ardiente, nunca alcanzaba sus 600 grados celsius. Y cada noche la disipaba en su oscuridad.

Las pocas veces que dormía, soñaba con sombras negras aproximándose, tocando su piel y arrancando su esencia. Entonces, despertaba empapada en sudor y tan excitada que podía haber caído en una marmita de poción afrodisíaca. Y en el frío de la noche londinense o el calor de la primera luz de una selva colombiana se consolaba ella misma. Sucia, inmunda y hedionda se sacudía para, más vacía que nunca, continuar su eterno éxodo a ninguna parte.

¿Y qué pasaba con sus víctimas? ¿Morían?, os preguntaréis. Morían, pero no en vida. Perdían toda ocasión de sentir otra vez la pasión verdadera, después de haberla tenido dentro. Sus cuerpos continuaban el desgaste cinco minutos o cien años más. Pero su luz, desvanecida, no volvería jamás. 


Si en la búsqueda encontrase el roce de tu piel, quedaría el camino acabado. Y al sucumbir a tu tacto moriría, saciada, satisfecha. Colmada.

jueves, 10 de mayo de 2012

El sexo de los miopes

Cuando, arrebatado de las gafas que le permiten discernir lo que es el mundo a su alrededor el miope se mete en la cama, se convierte en un animal nocturno. 

Estamos hablando de un miope, miope de verdad. De los que tienen una docena de dioptrías en cada ojo. De los que a oscuras no diferenciarían una polla de un coño si la vieran. Pero para el gafotas eso nunca fue un problema. En sus años mozos, como él los llama, se ponía los calzoncillos limpios, los cristales de culo de botella y ¡a ligar! "Con los esfuerzos que tiene a veces que hacer uno, me facilitaba mucho la tarea. Gafas fuera, y ya podía pensar en quien me diese la gana", nos cuenta el lentes.

Hubo una noche, una en particular, en que el querido tortuga casi lamenta ser un topo de jardín. Pero al final, no lo lamentó, no. La chica era preciosa: alta, esbelta, blanquita con culito de negro. Cuando sus ropas volaron el murciélago afinó su olfato "aquí huele como siempre. Encima, limpia", pensó nuestro protagonista. "Cuando fui a echar mano al negocio, tenía un manubrio más grande que el mío. Pero ya que estaba, no podía hacer el feo. Tenía que dejar el listón alto". 

Al calor de las sábanas de una pensión cualquiera la celulitis, un labio leporino, una pierna ortopédica o un miembro descomunal se padecen mejores. Los límites del placer se propagan cuando caes en ese mundo de sombras y se reavivan los sentidos que tenías olvidados debajo de tu ombligo. La mujer del capitán de los piojos así lo afirma: "yo estoy contenta. Cuando lo hacemos no me ve los michelines".

Apagar la luz y mirar tu ojo, y dentro de tu ojo, cuando no veo ni siquiera tu cara, y hacerte el amor porque solo te siento a ti. Y todo lo que no siento no existe.