¡Goooool.... de no-puede-importarme-menos-quién!, tronó la radio. El parloteo me acompaña ahora que el espejo donde un día me miraste recoge sus pedazos de un rincón.
Es hora de guardar las fotos en un cajón, donde no duelan. Llenar los minutos, las horas, inventando sueños, evadiendo sentimientos, tratando de recomponer lo que has roto: mi viejo y triste corazón.
¡Ah! ¡Ahora comprendo! Mis lo-siento llegaron tarde, y el tuyo nunca llegó.
En un cuarto de siglo no he aprendido a averiguar lo que
realmente quiero. Me muevo por impulsos, a menudo fugaces. En cuestión de
segundos cambio de opinión y olvido.
Todo es caos a mi alrededor. El desorden y la anarquía me
rodean donde quiera que vaya. Y el motor de mis andanzas ha sido siempre huir hacia delante. Abandonar el campo
de juego cuando el árbitro me lo pone difícil y pedir cartas en otra timba, en
otra liga o acaso empezar un solitario. Pero a veces comprendo que la solución
no era romper la baraja.
¿Qué pasa si ahora encontré lo que realmente quería? Aunque mi
cabeza a ratos me grite que no es posible, que la madeja tiene demasiados nudos
y que tome, una vez más, las de Villadiego. Y como el tiempo, que está loco, en
un fugaz instante recuerdo aquel día que querías echarle salsa barbacoa a una de mis
tortillas de patata. Una vez más, convencerme de que lo nuestro no es posible
no ha valido para nada.
Hacer “all in” a una sola jugada, sin trampas ni trucos. Sin
guardarme ningún as escondido entre los pliegues de mi falda. Quiero saber si
esto es posible o solo una ilusión. Si somos dos locos jugando una partida que
ya está perdida o si el juego solo acaba de empezar. Pero, ¿cómo? Si no lo
intentamos…
Nada más inspirador que un corazón roto y una tarde de
lluvia. ¿Hasta cuándo, Doctor Jekyll?
-Uf, me encanta ese trabuco que guardas en los pantalones…
Solo puedo pensar en que me azotes con él suavemente la cara.
-Nadine, concéntrese. Esto se nos está yendo de las manos.
-Oh, dios mío, Frank, métemela.
-¡Señora! ¿Ve usted el callejón?
-¡Oh, sí! ¡Lo veo! ¿Quieres hacerlo allí Frank?
-De acuerdo, ahora dígame qué ve al otro lado del callejón.
-¡Veo tu polla, Frank, tu polla!
-¡Eh Frank!- Bramó entre risas el interfono.
El negro de dos metros se echó hacia atrás con la silla
precipitadamente. Se levantó y recorrió toda la sala de interrogatorios hasta
el cristal. Presionó el botón del aparato y bramó - ¡Qué!
-Dile que la saque, ¿quieres?
Frank hizo un gesto al hipnotizador que observaba desde un rincón
de la sala con las manos entrelazadas y éste se acercó a Nadine. La tomó de la frente y empezó a susurrarle
al oído mientras ella permanecía allí sentada, agitándose de éxtasis.
Con una mirada hacia el espejo Frank apagó las risas que se oían
al otro lado.
-Tres, dos, uno… ¡despierta!- con un chasquido de los dedos de aquel negro la rubia de bote abrió los ojos sobresaltada.
Nadine amaneció de entre las sombras agitada, con la respiración
muy fuerte. El pecho se le movía hacia arriba y hacia abajo.
Poco a poco se fue tranquilizando y al hallarse en aquella habitación de paredes vacías se asustó un poco. Palpó sus
ropas y las notó un poco deshechas, de forma que bajó la cabeza y se sonrojó.
-¿Ha vuelto a pasar?- musitó Nadine.
-Sí, me temo que sí.
Nadine bajó su mano hasta su coño. Tras palpar un buen rato, ante la atónita mirada de todos
los policías (delante y detrás del espejo) se chupó el dedo corazón.