Cada noche recorrería una calle, una plaza nueva en una
búsqueda de infinita de plenitud que jamás le llegaba. El post-coito para ella
era siempre una decepción. Se sentía vacía, usada, infame. Cada noche consumía una llama que, aunque ardiente, nunca alcanzaba sus 600 grados celsius.
Y cada noche la disipaba en su oscuridad.
Las pocas veces que dormía, soñaba con sombras negras
aproximándose, tocando su piel y arrancando su esencia. Entonces, despertaba
empapada en sudor y tan excitada que podía haber caído en una marmita de poción
afrodisíaca. Y en el frío de la noche londinense o el calor de la primera luz
de una selva colombiana se consolaba ella misma. Sucia, inmunda y hedionda se
sacudía para, más vacía que nunca, continuar su eterno éxodo a ninguna parte.
¿Y qué pasaba con sus víctimas? ¿Morían?, os preguntaréis.
Morían, pero no en vida. Perdían toda ocasión de sentir otra vez la pasión verdadera, después de haberla tenido dentro. Sus cuerpos continuaban el desgaste
cinco minutos o cien años más. Pero su luz, desvanecida, no volvería jamás.
Si en la búsqueda encontrase el roce de tu piel,
quedaría el camino acabado. Y al sucumbir a tu tacto moriría, saciada, satisfecha. Colmada.
me ha encantado Mª José. Enhorabuena a las dos :)
ResponderEliminarComo una mantis....magnífico relato
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